Recuerdos infantiles desde Itomori

Mi pequeña Sakura:

Estos primeros días como magistrada no han sido como esperaba ni cómo te expliqué. Los planes siguen siendo los mismos, pero se han retrasado, no sé muy bien aún el porqué. Ayer me despedí de Toku, que vuelve con sus tropas, y aquí estoy, sola.

O eso pensaba, claro. 

De momento, las otras tres magistradas con las que comparto cargo siguen fuera de la capital, por lo que aún no las he conocido y tampoco me han encomendado ninguna misión. Estos días he estado recorriendo la ciudad con Toku, que me iba explicando dónde ir, dónde no ir, cómo funcionaba cada barrio y anécdotas que, según él, podían serme útiles. Durante estos paseos, me percaté de una figura que nos acompañaba de vez en cuando. Era un hombre joven, casi un muchacho, no tendría más de 25 años y caminaba en el límite de lo que mi mirada periférica captaba. Nadie parecía verlo, mientras se atusaba los largos y finos bigotes y paseaba. A veces parecía que nos miraba, otras veces parecía que simplemente se esfumara con el movimiento de las hojas y pétalos a causa del viento. Era extraño, sí, pero todo en la capital era extraño para mí así que no dije nada y simplemente seguí caminando y disfrutando de la compañía de mi autoproclamado mentor.

Pero Toku se ha ido y mi casa no es mi hogar sino un edificio vacío que me recuerda a la aldea en todo lo que no es. Ayer, cansada de vagar como una sonámbula por la casa mientras organizaba mis pocos enseres y todo lo que Toku me había comprado o hecho comprar, decidí sacar el shogi de tío Ryu y jugar contra mí misma, como mi sensei hacía. Pese a no recordar demasiado a nuestro tío, en cuanto pude mirar de cerca el juego y coger una de sus piezas, de un rojo profundo y brillante, supe que ese juego era de Ryu y que yo misma había intentado jugar siendo solo un poco mayor que tú. Algo en esas piezas con forma de dragón rojo me hizo recordar aquellas tardes en el río y… Aún tiemblo al recordarlo, pero es así, recuerdo aquellas tardes en el río y a Ryu, con su risa alegre y profunda, con su bronceado del trabajo del campo y sus bromas con el intento de bigote que pretendía dejarse. 

Juraría que el hombre que vi en mis paseos con Toku era él, mayor, más serio y maduro, pero él. Ryu. Pero no puede ser porque murió hace años, durante la guerra. Aun así…

He escuchado algo, al menos eso creo. Te seguiré escribiendo más tarde. 

Cuida de nuestro jardín por mí, 

Nariko


Sakura… Mi pequeña Sakura:

No tengo palabras para explicarte lo que acaba de ocurrir. En Itomori, en nuestra aldea, no hay magia, seres mágicos o kammis visibles. Solo hay leyendas, cuentos de niños y canciones que se cantan en las ceremonias. Todo es fantasía. Nada de todo ello es tangible ni se toma en serio, hay problemas más acuciantes: trabajo duro que hacer, comida que conseguir… sobrevivir como se puede no da espacio para pensar en nada más. Sobrevivir no te da la oportunidad de pensar en que todos esos seres poderosos existen de verdad porque ¿entonces qué? 

Pero yo estaba sola en esta casa demasiado grande y vacía y seguía sin ver la realidad. Hasta que la realidad ha aparecido tirándome algunos libros de la estantería. Porque, aunque cuando vayas a leer esto ya serás probablemente lo suficientemente mayor para haber dejado atrás los cuentos de papá y me tomes por loca, lo he visto. He visto a nuestro tío… Bueno, a su fantasma… aunque en realidad su fantasma sigue siendo él…

En cualquier caso (me estoy desviando, lo siento) ahí estaba, frente a mi estantería con algunos libros y un dibujo de la aldea. Un fantasma. Y no cualquier fantasma. Ryu. Ryu, el mejor amigo de Toku, que lo salvó de una muerte segura a costa de la suya propia. Un joven solo algunos años mayor que yo cuando murió, un muchacho valiente que luchó pese a no ser más que un campesino. 

Ryu me miraba intensamente, sin hablar. Solo me observaba en silencio. Probablemente yo hacía lo mismo, uniendo mis recuerdos infantiles con el hombre que tenía frente a mí. Seguía siendo joven, pero por fin había logrado hacer crecer su bigote. También tenía marcas y cicatrices en los brazos que tenía al descubierto, más musculosos de lo que los recordaba. En general, había perdido los rasgos juveniles que poblaban sus recuerdos antes de que se marchara. 

Tras salir de mi asombro, me lancé a abrazarle. Creo que las lágrimas corrían por mis mejillas aunque es todo demasiado borroso. Evidentemente, choque contra las estanterías pasando a través de él. Cuando me levanté tras el golpe ya no estaba. Se había esfumado. 

Y aquí estoy, escribiéndote esta carta mientras todo da vueltas en mi cabeza, mis manos aún tiemblan y me encuentro en esta casa tan opuesta a la nuestra y tan vacía. Estoy segura de que Ryu volverá. Lo vi en sus ojos y en cómo también abrió los brazos un poco cuando intenté abrazarle. 

Me gustaría hacerle tantas preguntas… 

Espero que algún día, cuando leas estas cartas, estés orgullosa de tu hermana mayor, 

Nariko

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