[SPOILER] Ayuda nº9 Los Harapos del Rey

Ayuda para la campaña Los Harapos del Rey de Cthulhu edición Primigenia

Hola. En esta entrada puedes encontrar primero el word, y luego el texto plano por si no quieres descargarlo de la ayuda nº9 de la aventura. Un texto extenso que para mi gusto no se lee del todo bien, tanto por la letra que emplea el original como el tamaño. Aunque existe por parte de Edge un pdf con las ayudas, no tiene la calidad o comodidad para su lectura que a mi me gustaría.

Recuerda cambiar la fecha que aparece o género de la persona a quien vaya dirigida.

Por si acaso has llegado a leer hasta aquí, pero vas a jugar la aventura te pongo un imagen de un gatito para que no sigas.

Descargar la ayuda nº9

Pincha en el botón para descargar la ayuda en formato .docx

Carta del Doctor Trollope

126 de Long Acre,
WC2, Londres
3 de noviembre de 1928

Estimado señor:

Me apresuro a mandarle estas líneas tras terminar nuestra entrevista. Le voy a ser muy franco, así que ruego me disculpe si llego a ofenderle. No estoy seguro de los motivos que pueda tener el doctor Highsmith en este caso, pero he decidido confiar en usted y en la curiosidad que percibo en su interior. Siento la necesidad de liberarme de la carga de ciertas cosas que no llegué a decir. Dudo si debería ponerlas por escrito. Sin embargo, procedo a ello.

En contra de lo que pueda parecer, deseo ayudar a Alexander. Herbert Roby era un gran amigo mío y conozco a su hijo desde que solo era un niño. Es un hombre amable y decente que, creo, se vio envuelto en circunstancias que le sobrepasaron.

Le hablaré sobre mi primar visita a Alexander en Saint Agnes, en junio de 1927. El doctor Highsmith dijo que se encontraba lúcido y que no recibía medicación, cosa que pude comprar en su historial y en la observación, con la salvedad de algún pequeño episodio crónico de confusión. Pero de hecho su conversación era bastante rara. Parecía bastante diferente del joven que conocí. Una de las pocas cosas a las que le pude sacar sentido hacía referencia a un libro que él había publicado. Tras regresar a Londres me puse a buscarlo. Puede que esté al tanto de que hace cinco o seis años Alexander escribió un volumen titulado El Caminante por el lago. En su día no llegué a interesarme por el libro (pensando en que su lectura me resultaría complicada), y si bien comprobé que gran parte de su contenido era desconcertante, la verdad es que acabó por atraparme. Ciertas palabras y pasajes del texto me recordaron a la conversación que tuve con Alexander en el manicomio y pude ver que el libro estaba relacionado de alguna manera con la raíz de su incapacidad. Resulta extraño que parte de la narración estuviera escita en alemán, aunque no dudé en transcribir y traducir esos pasajes.

Mi segunda visita a Alexander tuvo lugar unos seis meses después de la primera, justo antes de Navidad. En esa ocasión le encontré sedado y, en consecuencia, incapaz de comunicarse. Preocupado por haber realizado un viaje en balde, me propuse realizar un experimento. Había traído conmigo algunas de las transcripciones de su libro y comencé a leerle en voz alta los fragmentos en alemán. No sé que esperaba que sucediera, supongo que simplemente buscaba cualquier tipo de reacción. Al principio no paraba de tropezarme con las frases (no se me dan bien las lenguas), pero entonces Alexander respondió. Cuando lo hizo dejé de recitar el texto e intenté comunicarme con él. Entenderá que me resulta difícil contarle lo que sucedió a continuación.

Alexander siguió hablando. Pude ver que estaba preso de una gran agitación, así que intenté calmarlo tocándole el hombro. Al hacerlo me sentí repentinamente muy débil. Lo siguiente que recuerdo es que estaba tendido en el suelo. Un miedo inexplicable me embargaba. Uno de los enfermeros del manicomio estaba arrodillado junto a mí, intentado reanimarme. Alexander se encontraba de pie junto a nosotros: parecía ser el de antes. Con voz triste dijo: “Lo siento mucho doctor. No puedo cambiar lo que vio.” Y entonces recordé algo.

Le confieso que creo que Alexander sabe cómo murieron su padre y su hermana, y que dichas muertes fueron resultado de una situación en la que una persona o personas abusaron de su confianza. Me parece que Alexander estaba particularmente influido por un tal Laurence Bacon. El señor Bacon es un anticuario con un establecimiento en Liverpool Road, en el distrito de Islington, pero creo que también podría ser un autodenominado ocultista. Esta información fue obtenida por Vincent Tuck, un detective privado del distrito de Wapping contratado por el hermano de Alexander, Grahame. Creo que en caso de recibir el alta, Alexander intentaría volver a ponerse en contacto con el susodicho Bacon. Al margen de lo que haya podido escuchar, estoy completamente seguro de que esos asuntos no tienen nada que ver con el noviazgo de Alexander con la señorita Hartston.

Siento que he hecho lo correcto al compartir esta información, pero le rogaría que mostrara discreción tanto por el bien de la familia Roby como por su propia seguridad. Le insto a que lea el libro y me responda lo antes posible. Si accede a encontrar de nuevo le daré más detalles sobre mis sospechas hacia el señor Bacon.

Por último, me gustaría confesarle qué fue lo que vi en aquella celda del manicomio. Cuando Alexander comenzó a hablar de repente me va transportando a otro lugar. Caminaba por el parque de Saint James, acababa de cruzar el pequeño puente colgante sobre el extremo sur del lago y miraba los edificios de Whitehall. Se trataba del mismo paseo que efectúo casi todas las noches desde los últimos treinta años y allí me encontraba de nuevo. Todo parecía normal, hasta el más mínimo detalle, por lo que sabia que no era un sueño: los patos graznaban en su isla y un niño cantaba los titulares de la prensa que vendía. El sol se estaba poniendo. Metí la mano en el bolsillo en busca de un penique para comprar el Standard cuando de repente oí unos pasos apresurados a mis espaldas. Me giré y vi un hombre de rostro afilado, bastante alto. Su mirada se clavó en la mía. Dijo: “Por favor, no se mueva señor” y a continuación me noté caer presa de un dolor agudo. Mis manos se cerraron sobre el hombre, que me ayudó a caer. Cerré los ojos y cuando volví a abrirlos estaba mirando al cielo. También podía ver el rostro lívido del vendedor de periódicos. Intenté tranquilarle, pero no era capaz de hablar. Y entonces perdí el conocimiento. El Señor me llevó consigo.

Espero recibir noticias suyas pronto.

Suyo servidor,

                Lionel Trollope.

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